Una responsabilidad con varias aristas

Esto que veis en la imagen son las tripas del Moto G7 Plus que se anunció la semana pasada. Tuve la suerte de estar en su presentación en Sao Paulo, donde la línea G de Motorola reina a sus anchas. Bueno, no solo allí, en toda América Latina y parte de Estados Unidos y Europa. Tenía sentido la presentación allí, donde tienen dos fábricas y una más en Argentina, en Tierra del Fuego. El mítico fabricante, que inventó los primeros celulares hace más de 30 años, cuenta con una cuota de mercado superior al 20% en América Latina.

La firma, hoy parte del universo Lenovo, pasó por manos de Google. Desde entonces, mantiene una relación muy cercana con el buscador, hecho que se ve reflejado por una versión limpia de Android en toda su gama.

Comimos en la cantina con los empleados. El mismo rancho, el mismo helado de máquina y las patatas de freidora que los ingenieros, ensambladores, probadores y supervisores de seguridad.

Un paseo por una de estas fábricas sirve para poner los pies en la tierra y recordar que estos aparatos que juzgamos, a veces tan alegremente, tienen un gran trabajo por debajo. Desde los que manufacturan los componentes a los ingenieros que diseñan los primeros prototipos, hasta el responsable de márketing del lanzamiento. Se trata de una maquinaria muy bien engranada en la que todos se juegan algo más que ilusiones.

Una crítica infundada, un mal día, una característica mal puesta en la ficha, una impresión erróneo, o por qué no decirlo, una manía personal, puede salir cara. La crítica de aparatos, las reviews, son un género cada vez más popular y relevante. Basta con pensar en la cantidad de vídeos al respecto en YouTube (¡kudos para nuestros amigos de Topes de Gama, moló hacer la visita junto a Carlos Santa Engracia!) o en cómo TheNewYorkTimes se hizo con TheWireCutter por una cantidad estimada de 30 millones de dólares.

De acuerdo, todos nos hemos reído cuando la celebrity de turno tuiteaba apoyando una marca desde un terminal de su eterno rival. Todos hemos estudiado el AntennaGate de Apple como un caso propio de escuela de negocios, el estallido de las baterías del Note de Samsung, como una gestión de crisis de libro. También hemos vivido lanzamientos desesperados de Nokia o Blackberry, cuando el cadáver era zombi pero se obstinaba en caminar.

Por supuesto, sí, primero está el consumidor. No se puede dejar de lado que es el que finalmente saca la billetera o pone su número de tarjeta para comprar online. No se puede olvidar el esfuerzo que cuesta adquirir estos aparatos ya cotidianos pero no baratos. Pero tampoco se puede olvidar la cantidad de personas, avances y esfuerzos detrás de cada aparato que juzgamos. La responsabilidad a la hora de juzgar estos omnipresentes gadgets, creadores de una nueva economía de software y servicios en sí mismos (las apps), tiene más aristas de las que parecen. No todo es “me gusta” o “no me gusta” en el periodismo gadgetero.